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Blog: Crónica- Un Milagro en Hato Rey

Blog: Crónica- Un Milagro en Hato Rey

Yo no creo en la suerte.

Soy de esas personas que, en vez de deseártela, te deseo éxito. Aquellas personas que me conocen saben que mientras me he adentrado a la segunda década de mi vida, hay dos cosas que me definen: mi ambición y mi personalidad que raya en lo obsesivo.

Lo ambicioso lo he llevado conmigo desde antes, fui presidenta y fundadora del primer Book Club en la escuela superior. Durante ese año, planifiqué la primera feria de libros en mi escuela arecibeña llevada a ustedes por the Bookmark [no Scholastic, quiero clarificar que siempre apoyo a las empresas locales porque la globalización nos ha dado pocas cosas buenas], entre otros eventos que hicieron mi año senior un deleite. Así que no es sorpresa que mi ambición haya incrementado con el pasar de los años, pero sí me ha sorprendido que mis nuevas amistades me interpretan como Slytherin y no… Gryffindor como debe ser [pero ya no nos importan esas cosas JK Rowling es una TERF peligrosa y en esta casa no la apoyamos].

Por otro lado, lo obsesivo todavía lo estoy descubriendo. Pero sí, podríamos decir que cuando algo me importa, me importa demasiado. Es más, a veces es de lo único que quiero hablar por semanas o meses.

 Cuando quiero algo confío, no en la suerte que tengo, pero en la capacidad de usar estas dos cualidades para manifestar y alcanzar el éxito.

Es aquí donde comienza esta historia con una obsesión que ha crecido exponencial e inesperadamente, les hablo de mi obsesión con el gran vegabajeño: Benito Antonio Martínez Ocasio. Claro, para quien no lo conoce así, hablo de Bad Bunny. Podría dedicarle un blog entero sobre por qué es inesperado- les daré una pista tiene que ver con mi crianza católica- pero prefiero contarles sobre cómo conseguí taquillas para verlo- si Dios lo permite- esta noche de Julio estando en una fila por menos de veinte minutos.

Ahora, yo admiro mucho a la gente que se tiró la jugada de acampar de noche, pero yo padezco de ansiedad y sabía que más de ocho horas yo en esa fila. Por ende, había diseñado un plan perfecto con mi compañera de aventuras, Ariana, y con un grupo de amistades que habíamos coordinado para madrugar la mañana del sábado y conseguir las deseadas taquillas. Todo el plan se nos deshizo en las manos cuando apareció la primera persona posada en silla de playa en las afueras del Choli.

Supimos, en ese momento, que la acumulación de una docena personas el miércoles cuando las taquillas saldrían a la venta sábado significaba que nuestro plan no iba a funcionar.

Decidimos pues, ir antes. Mi hermana, por su juventud y pompeara natural, estaba ready para ir a las 8 de la noche el viernes. Sin embargo, yo, por los cinco años que le llevo y por la furia que desató la gente que llegó desde el MIÉRCOLES, decidí que si llegar a la medianoche del sábado era muy tarde- conseguiría taquillas de otra manera.

No tenía ningún otro plan, solamente un deseo de ver al Conejo Malo en mi isla. Cuando anunciaron que cerraron la fila 5 minutos antes de que mi hermana llegara a ella con su amigo, nos llenó una desilusión más grande de la anticipada. Acababa de salir del cine con Ariana, la notica nos destrozó y estuvimos cinco minutos en silencio mirando las redes sociales participando del luto colectivo que arropaba los pasillos de Plaza Las Américas.

En este momento, ya yo seguía todas las cuentas habidas y por haber que daban información de la fila, del concierto, de la promoción y logística del evento- como muchos, yo también seguía al tal Carloxx en Twitter, aunque me llenaba de pesimismo. Mi obsesión por el evento era palpable. Aunque no soñé con la fila, me despertaba y lo primero que miraba en el teléfono era donde iba la fila. Yo estaba al tanto y decidida que conseguiría taquillas- de una manera u otra.

Sin embargo, unirme a la fila por la noche sonaba como una mala idea. Optamos mejor por cenar y tener un sleepover en el apartamento de mi hermana. Fue lo mejor que hicimos porque por la noche se desataron mil papelones: la gente se quería colar a to’ cojón, mucha gente persistió en la fila sin importar que no fuera la fila oficial, hasta fue un culto religioso proclamando que Dios quería a esas personas más que Bad Bunny los quería. En fin, un dolor de cabeza.

Aunque pensé que no lo podría hacer, dormí muy bien esa noche. En la periferia de mis pensamientos iba encubando un plan de acción basado en una posibilidad. Es por eso que nos levantamos tranquilas, nos bañamos, formulamos un plan de ir a ver otra película en Fine Arts y finalmente comimos un brunch heavy. Ya ni mi hermana ni Ariana miraban a ver qué pasaba en la fila: pero yo sí.

Pasaba del perfil del Carloxx, a la página del Choliseo, a los stories del Departamento de Salud [porque estaba vacunando en los previos del Choli] y los de Move Concert. Pagando la cuenta en Denny’s vi lo que estaba esperando- la fila se estaba acabando. Mejor aún, no anunciaban un Sold Out.

No quería ilusionarme demasiado, mucho menos ilusionar a Cuki y Ariana, pero insistí que me dejaran a pie por los previos del Choli. Yo no soy muy averigüá pero lo puedo hacer cuando lo amerita: esta situación claramente lo ameritaba. Guardé mi vergüenza en la gaveta, y le pregunté a una guardia de seguridad que ocurría. Me dirigió hacia el área oeste del Choli.

Allí donde antes había una fila kilométrica, solamente quedaba un rastro de ella. Basura, botellas de Coca Cola, sillas de playa, incluso vasitos de mantecado vacíos que lucían el corazón triste y rojo que ahora forma parte del paisaje puertorriqueño gracias a los billboards que acompañan al lado expreso. Toda esta acumulación me dejaba saber que, en este lugar, hace muy poco, hubo una fila. Ya no quedaba casi gente.

Había quizás dos docenas de personas alineadas frente a la puerta del área oeste del Choli. Miré mi teléfono. Las funciones no se habían vendido. Había una fila de policías y guardias de seguridad haciendo aguaje frente al principio de las baretas, en su mayoría vacías, que delineaban la fila. Los miré con sospecha, pero noté que una chica preguntó y la dejaron pasar marcándola en un contador.

Respiré profundo y me adentré. Cuando me preguntaron si iba a comprar, dije que sí. En menos de dos minutos ya esperaba en la fila y mi hermana iba en camino a incorporarse. Fue en ese momento que el informante no oficial de Twitter dijo que las funciones se habían vendido. Pero ningún otro medio lo confirmó: ni el Choli, ni Move Concerts, ni Telemundo, ni el mismo Bad Bunny.

[Verifiquen siempre sus fuentes oficiales amiguis. OJO: No se dejen llevar de cualquier pendejo que escribe cualquier cosa en las redes sociales.]

Entró un primer bonche. Menos de veinte personas me separaban de la puerta del Choliseo. No lo podía creer. Era la segunda persona sin bandas verdes que marcaban mi “espacio legitimo en la fila”. Permanecí ahí, esperanzada junto a otras personas que iban uniéndose detrás de mí. Llamé a Ariana, le dije que viniera creo que lo último que le dije fue: “¡Qué puede ser…”. El “que no sea” fue pacto secreto entre las dos.

Abrieron las puertas. Mi muñeca desnuda me delataba- se notaba que acababa de llegar. Sin embargo, con el mismo entusiasmo con el que recibieron los que llevaban acampando hace tres día, me recibieron. Yo reía todo el tiempo. Agarré el pequeño cartón con el código para escanear para comprar las taquillas.

Me senté en las gradas, al poco tiempo se me unió mi hermana. Ambas con manos temblorosas logramos conseguir un milagro. No con suerte, sino por casualidad, obsesión, ambición y un poquito de fuerza celestial o tal vez… ¿qué les puedo decir? Quizás sí fue suerte.

Vamos a ver si les escribo luego para contarles como nos fue.

Sinceramente,

Agnes

Dedicado a Ariana y a Angélica- ¡gracias por estar siempre!

Agradecimientos: Sino fuera por los Writing Sprints de Alexandra Román, no hubiera escrito ni editado este texto. ¡Gracias Alexandra por crear comunidades y espacios tan bellos! La pueden seguir por IG y conocer más de ella en su página web.

PS. Lamento decirles que no tengo taquillas para vender.


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