Anécdotas para La Conservación de la UPR

Anécdotas para La Conservación de la UPR: #YoSinLaUPR

Anécdotas para La Conservación de la UPR: #YoSinLaUPR

Ando tiempo considerando esto de escribir un blog. Siento que vendría bien eso de poner par de ideas en el papel a ver qué pasa, pero me tardo en procesar las cosas y escribir el ahora lo encuentro pesado. Prefiero escribir con la distancia que el tiempo ofrece entremedio, pero mientras más leo y pienso he encontrado que la certeza del futuro es un privilegio que muy pocos tienen.  

Abro este blog, que por el momento será espontaneo y como acto de rechazo a la posteridad.  

Como cada idea no es individual, y mucho menos el impulso de hacer las cosas, le agradezco a Karlié Rodríguez y a su blog: Gravedad Cero– sin su fe y su impulso este blog no existiría. 

[La Foto en este blog las tiré yo, porque amo escribir pero más allá me encanta aprender a hacer muchas otras cosas]

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#YoSinLaUPR

Este primer blog se lo dedico a mi mamá, porque ella siempre cree en mi, aunque las cosas no parezcan tener sentido a primera instancia. Gracias mami por tu paciencia, por tus enseñanzas y tu cariño.

Te amo un mundo y más.  

#YoSinLaUPR 

Estuve tan cerca de hacerme una transfusión de sangre verde y llevar en el pecho una camisa de Colegial. Sin embargo, la IUPI me paró los planes. En realidad, fue una curiosidad lo que me llevó a estar justo debajo de la Torre de la IUPI esa primera vez. Esa curiosidad venía haciéndome de cuadritos, pues nunca pensé que las letras serían algo digno de estudiar. Mucho menos pensé que me pagarían por hacerlo, pero eso es otro cuento para otro momento. Sin embargo, todos mis planes de ingeniería sufrieron el momento en que puse mi Converse (sí porque yo era así, roquerita y demás) en el Paseo de la Princesa, un día en el Festival de la Palabra.  

Entiéndase que soy nena de campo, y no de cualquier campo, sino de Utuado. Aunque atesoraba la lectura, ya que mi madre había puesto esa semilla en mi al leernos cuentos a mí y a mi hermana cada noche antes de dormir, conseguir libros, en Puerto Rico en general, pero más específicamente en Utuado era tarea imposible. El Festival de la Palabra (¡qué en paz descanse! Esperemos que el gobierno nos permita un tercer día. ) era un festín, lujoso e utópico para una estofona que nunca había visto la manifestación del mundo literario en Puerto Rico. Poco sabía yo en este momento que, porque así son las cosas bien literales y muy pocas veces son casualidades, al asistir a este festival me iba a desatar una serie de eventos que me llevarían a sentarme en un salón junto a la organizadora del mismo, Mayra Santos Febres. (¡Qué mucho le debemos a Mayra Santos Febres por reunir todo lo bello del mundo literario puertorriqueño y llevarlo a quienes nunca lo han visto!) 

Luego de llegar a casa con una bolsa llena de libros y mi mente patas arribas por la experiencia fue que comencé a dudar mi futuro como ingeniera. Gracias a Dios que al contarle a mi madre sobre mi molestia me apoyó y me empujó a buscar más información sobre los programas de literatura en la IUPI. Una cosa llevó a la otra, como suele suceder. El Festival fue lo que desató una reacción dominó, la cual me llevó a reunirme con una profesora para hablar del Departamento de Estudios Interdisciplinarios, el cuál ofrecía una concentración en Escritura Creativa. (Puedo escribir tanto sobre las diferentes maneras en que el Festival de la Palabra impactó mi vida, pero eso es otra anécdota.) No recuerdo bien de qué hablamos en esa reunión, ni tan si quiera recuerdo quién fue la profesora con la que hablé en ese momento. Lo que sí recuerdo es que ella me contara que a sus estudiantes sí los publican, y que cuando miré la majestuosa Torre de la IUPI reconocí que aquí quería estudiar.  

Mi introducción a la IUPI fue repentina y funcionó como amor a primera vista (experiencia recurrente en mi vida Universitaria, pero para llegar a eso tenemos que conocernos mucho más, ¿de acuerdo? No puedo enseñar todas mis cartas de una.) Sin darme cuenta comencé mi vida universitaria. Montamos todos mis motetes en la guagua de mi mamá: mi ropa nueva de TJ Maxx, una colección diminuta de libros, y mi bulto con mi laptop que no duró más de dos años. Mi madre me ayudó a arreglar mi cuarto en el cuarto en el Hogar de Jovencitas de las Hermanas Teatinas, el cual las que vivimos ahí cariñosamente llamamos Las Monjas. (Sí, ese mismo. El que estaba en la Calle Manila, y del cual me abochornaba hablar por el curfew. El mismo que me dio las mejores amistades y experiencias del mundo.) 

 Aunque no lo quiera admitir, pienso que dejarme en Río Piedras fue una de las cosas más aterradoras que hizo mi mamá. Y aunque yo no lo quise admitir en ese momento yo me sentía igual de aterrada de empezar esta nueva parte en mi vida. Sin embargo, el tiempo voló y ese miedo que sentí ese primer día desapareció con el pasar de las semanas, al acostumbrarme a los sonidos de la ciudad y a los nuevos retos académico que me presentaba la Universidad. 

Escribo esto mientras la UPR enfrenta otra amenaza ante las medidas drásticas de la Junta de Control Físcal, mientras los estudiantes de la UPR (bravos, como siempre han sido) se aglomeran nuevamente ante los portones de nuestra Universidad para defenderla contra aquellos quienes reúsan reconocerla como lo que es: un servicio esencial.  

Hemos de preguntarnos, ¿No es la educación (lo cual podríamos definir como aquello que nos alimenta y nos prepara para mayores retos, y nos acompaña en nuestra ruta hacia la prosperidad) una herramienta esencial para todo aquel que busca lo mejor para sí mismo y para el país? ¿Qué será de nosotros sin esa herramienta que tanto hace falta en los momentos en que el país se nos viene encima? ¿No será quizás más que una herramienta, una columna que nos sostiene? Les dejó con esas preguntas para que reflexionen, si es que les apetece hacerlo. 

Por esta misma amenaza, pienso en una frase que le ha estado dando las rondas a todas las redes sociales: #YoSinLaUPR. Un hashtag que se ha convertido en un archivo de todas las experiencias vividas, y enseñanzas que le ha dado la UPR a todx aquel que pasa por ella, dejando así una marca en su memoria- desenlazando en cada persona una cadena de eventos que afecta todo aspecto de su vida (Aunque no a todxs. Hay varias personas, como diría nuestra querida Ana Lydia, que entran y salen de la UPR igualitos todos los años como zombis.)  #YoSinLaUPR contiene ahora un cofre de memorias que recuentan una y otra vez el valor de nuestra Universidad de Puerto Rico (libre y accesible).  

Es por eso que me he estado preguntando: ¿quién sería yo sin la UPR? ¡Yo! ¿Qué sería de mí una nena de un barrio pequeñísimo de Puerto Rico del campo de Utuado? Lo pienso ahora que me encuentro en mi segundo año de doctorado en Literatura Comparada en Emory University, Atlanta, GA. Lo pienso ahora mientras trazo una línea en el tiempo para calcular cómo cada evento en mi vida, desde comenzar mis estudios universitarios, ha sido afectado directa o indirectamente por mi experiencia en la UPR. Lo pienso aún más cuando trato de pensar quién sería yo ahora si hubiera tomado otra ruta.  

Si recuerdan, comencé escribiendo esta entrada en el momento en qué decidí comenzar mis estudios en la UPR de Río Piedras, en vez de la de Mayagüez. Así me imagino en otra vida: Colegial, Ingeniera, y envuelta en la industria Aeroespacial. Si no hubiera ido al UPR en Mayagüez, hubiera ido a la de Arecibo a ser maestra de inglés, y si no hubiera ido a la de Utuado a estudiar algo relacionado a la agronomía. ¿Ya ven a lo que me refiero?  

Yo no me puedo imaginar fuera de la UPR. Las versiones diferentes de mi vida solamente existen dentro de esta institución, aunque cambie de metas y de pueblo.  

Si les soy honesta, no quisiera saber quién sería sin la UPR. En la UPR encontré una llave que me ayudó a seguir abriendo puertas, tanto físicas como metafóricas. Aunque sufrí mucho dentro de mi hermoso recinto (huelgas, paros, huracanes, terremotos, pequeños desastres familiares), también me dio las herramientas para sanar y seguir. Me abstengo de generalizar, porque la administración UPR también causó y causa mucho daño a personas que no lograron aguantar ni pueden aguantar (no por falta de fuerza ni de resiliencia, pero porque hay tantos que se les era (y es) imposible aguantar).  

Quiero concluir diciendo que lo más bonito que me dio la UPR no fue la oportunidad de escalar por las jerarquías académicas para conseguir un espacio en un programa doctoral, ni fue las miles de lecturas que tuve que leer, sino que la UPR me ayudó a reformular lo que significaba para mí la felicidad.  

Eso no te lo enseña cualquiera. 

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2 comments

  1. Querida Agnes, tal vez no me recuerdas, pero yo a ti sí, y con mucho cariño. Tal vez me recuerdes más por ser la abuela de Gabo ( de tus clases de confirmación) Estaba escuchando una canción de la Virgen y vino a mi memoria el coro que dirige tu mami en Frontón . Una cosa lleva a la otra y pensè en ti ,, te busque en Facebook y te encontré, estoy encantada con tus blogs, te felicito! Quisiera conseguir tu libro, pero no estoy viviendo en PR.Trataré cuando vaya de visita. Deseo que sigas viviendo tus sueños, logres lo que te propones, pero sobretodo, seas feliz, un abrazo

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